Capítulo III

EL SEGUNDO ENCUENTRO, AL PIE DE LA MALICIOSA

       Durante el verano de 1989 y como consecuencia de la situación de desamparo  que evidentemente se trasluce del  contenido de la exclusiva concedida por Alicia al semanario ¡HOLA!, Ernesto dirigió una misiva a su hermana, pidiéndole accediese a un encuentro. Se trataba de ofrecerle en memoria del padre de ambos, el apoyo incondicional que le debía. No era tan sólo  una cuestión de conciencia sino también de lealtad. Sobre todo era algo así como una llamada de la sangre. ¿Sería posible enmendar y reparar un pasado con tanta carga de negatividad aparentemente inútil? La verdad es que Ernesto necesitaba con apremio también a una hermana autentica, a  la “hija de su padre”, pero a la verdadera…  no había espacio para ninguna imitación.

       Lo que Ernesto anhelaba conocer con apremio era saber si ella era realmente “su auténtica hermana”, o sencillamente todo había sido el resultado de una “buena puesta en escena” con el objeto de inclinar a la opinión pública de su lado en relación con el conflicto abierto entonces con su aún marido Alberto Cortina.

¿Había tenido todos esos innumerables años una “verdadera hermana” sin saberlo? ¿Se había quedado realmente solo con la pérdida de su mejor amigo, el padre de ambos? ¿Quién era realmente ella, “una impostora”, una auténtica hermana, o alguien que no sabía realmente lo que quería?

 

      Entonces en 1989, como consecuencia de lo citado de la entrevista concedida por Alicia al semanario  ¡HOLA!, reproducida en el capítulo primero, en unos momentos tan difíciles y cruciales para ellas, Ernesto no pudo negar el brindar su soporte incondicional como hermano y amigo.

 

 

Río de montaña que discurre al pie de  “La Maliciosa”

La situación era compleja y poderosos sentimientos opuestos chocaban frontalmente:

       ¿Estaría Ernesto, emocionalmente y operativamente, en condiciones  de ayudar a la hija de “la Marquesa”, quién, con la ayuda de Doña Carmen Polo de Franco había destrozado toda su juventud? ¿Podría hacerlo en aquellos momentos en los que, a pesar de los incipientes problemas con el primo Carlos[1], estaba comenzando a rehacer su difícil vida, al menos emocionalmente? Más adelante y a lo largo de la obra, será debidamente introducida la figura del citado personaje. Pero no obstante, ¿sería  justo condenar y dejar abandonada a una hermana en aquellas circunstancias tan críticas, sin ni siquiera  darla  la oportunidad de darse a conocer? ¿Se debe prejuzgar a alguien, sin darle la oportunidad de demostrar quien es en verdad? Pero sobre todo, ¿podía Ernesto eludir el contenido del juramento que hiciera a su padre antes de su fallecimiento: El de proteger y defender a sus hermanas por encima de todo? Su padre en concreto se expresó aproximadamente en los siguientes términos:

       -“Te dejo el control de Construcciones y Contratas, pero prométeme que a cambio protegerás y defenderás a tus hermanas”.

       -“¡Con su madre en contra como está, no podré hacerlo papa!”, respondió éste.

       A lo que el padre de todos ellos replicó:

       -“Olvídate de su madre, tú no tienes nada que ver con ella, ¡por encima de todo, ellas son tus hermanas!”.

       -“Conforme, te lo prometo”, respondió cabizbajo el adolescente.

        Alicia llegó en un lujoso Jaguar último modelo, conduciendo a toda velocidad por una carretera de montaña llena de piedras y dejando un rastro de polvo impresionante. Daba lastima ver el despilfarro que ello suponía. Conducía un chofer, que por su contextura, a todas luces era al mismo tiempo parte del cuerpo de sus guardaespaldas. El motivo de una conducción tan precipitada era obvio: Dejar atrás cualquier posible “paparazzi”. Si la hubiesen seguido a toda velocidad, el rastro de polvo del segundo vehículo lo habría delatado de inmediato. Además, en aquella carretera sin salida, el inoportuno visitante hubiera quedado bloqueado y a merced de “los duros” de Alicia. Aquel lugar había sido cuidadosamente escogido por el propio Ernesto, teniendo en cuenta que, especialmente, en aquellos momentos, el acoso por parte de la prensa amarillista resultaba sofocante. Además le acompañaban otros dos corpulentos guardaespaldas.

[1] Carlos y Helena Vera Koplowitz, hoy fallecidos, eran primos segundos de Esther, Ernesto y Alicia Koplowitz.

       A ella se la veía palpablemente estresada, lo cual se explicaba por los difíciles y dramáticos momentos por los que atravesaba. Llegó con una ajustada minifalda y con zapatos de tacón alto. En cuanto se bajó del automóvil, después de abrazar a su hermano, se apresuró para sacar del maletero otro calzado más apropiado para aquél terreno de montaña.

       Ernesto era consciente de que ella tenía por delante una difícil batalla por librar, con un marido que aún controlaba todo el capital de una maraña de empresas, que solo él debía de conocer a fondo. Con el otro primo aún casado con su hermana Esther, con unos hijos que a su vez lo seguían siendo del hombre con  quién se acababa de separar, y lo que era peor aún, con el hecho añadido de que “los Albertos” contaban y cuentan con el apoyo de poderes fácticos impresionantes. Estaba claro que, si en algún momento Alicia precisaba del apoyo de alguien próximo, era en aquellos momentos cruciales. Para Ernesto todo aquello no suponía ningún plato de gusto y solo complicaba aún más su ya difícil situación personal y empresarial. A primera vista Alicia tenia todas las de perder, y ello precisamente fue lo que le inclinó en su favor, ya que a éste le gusta vencer retos difíciles.

       Con aquellos antecedentes como marco contextual, a la vera de un riachuelo cantarín de montaña al pie de “La Maliciosa”, el encuentro transcurrió con aparente normalidad. Ambos hermanos se sentaron, cada uno en una piedra. Ella expresó su gran amor por el campo, circunstancia que unió a ambos hermanos en la figura de su padre, de quien sin duda habían heredado esta característica naturista de corte centroeuropeo. El autor era perfectamente consciente de que aquél encuentro marcaría un antes  y un después en la vida de ambos, para bien o para mal, eso nunca se sabe con certeza.

Ernesto no se atrevió a tratar a fondo la cuestión de sus propios conflictos con “el primo Carlos”, dado que Alicia por entonces ya tenía otros más perentorios. Eso sí, le puso al corriente de la existencia de graves problemas con el citado primo, con quien había iniciado negocios en el ámbito de la publicidad exterior de alta tecnología en Ecuador. Ella, transmitiendo frialdad y una mirada calculadora, aparentó estar vivamente interesada por la rentabilidad de ese tipo de negocios. ¡Quizá demasiado interés para aquel contexto, dadas las difíciles circunstancias por las que estaba atravesando en ese preciso momento!

 Lo que no supo percibir entonces Alicia, fue que su hermano tenía tantos problemas como ella misma, aunque en otros ámbitos,  y que lo propio habría sido cerrar filas frente a “los ajenos”; eso sí, siempre en un contexto de ayuda mutua y no unilateral.

Textos que tan sólo suscitan una única interrogante:

¿Porqué en aquél contexto crítico de supervivencia, Alicia Koplowitz demostró un tal interés, por saber si el negocio de publicidad exterior de alta tecnología, era muy rentable, o no, acaso estaba pensando ya, en arrebatarle a su hermano mayor, Ernesto Koplowitz, una empresa que con tanto esfuerzo y riesgo había iniciado? 

Para saber más, pulse sobre los textos de los enlaces que siguen:  

Hablar de la familia Koplowitz es sinónimo de "intereses poderosos " y donde hay dinero hay intrigas. Así pues, no es de extrañar que tras las sutiles apariencias se oculte una "mano negra":        UNA TENTATIVA DE HOMICIDIO 

    LA MANO NEGRA (1)               LA MANO NEGRA (2)                LA MANO NEGRA (3)   

  Ernesto Koplowitz, "el hombre" (2)  

  ÚNICA EXCLUSIVA CONCEDIDA POR ALICIA KOPLOWITZ A UN MEDIO DE COMUNICACIÓN  

   Carlos Koplowitz Grünbaum  

    LA COMPRA Y/O PRESIONES, SOBRE UNA CUARTA EDITORIAL    

   ¿PERCIBIÓ ERNESTO KOPLOWITZ TODO SU LEGADO HEREDITARIO?  

   ¡EL EXPOLIO DE UNOS HUÉRFANOS!  

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